REALISMO INCESANTE: DESDE LA VORÁGINE Y LA ‘LITERATURA DE LA VIOLENCIA’ HACIA LA RECEPCIÓN CRÍTICA

LA PRODUCCIÓN Y TRANSFERENCIA DEL REALISMO

            El presente artículo tiene dos propósitos. En primer lugar, establecer cómo La Vorágine (1924) de José Eustasio Rivera (1888-1928) induce en la recepción crítica de los siglos XX y XXI la producción y transferencia de la lectura realista. Y, en segundo lugar, examinar los criterios que sustentan este tratamiento serio dado por los lectores académicos a la narrativa que alude a ideas sobre conflictos sociales del espacio sociopolítico colombiano. Se argumenta que los presupuestos desde los cuales la crítica busca demostrar cómo las obras ‘representan’ o ‘aprehenden’ la realidad no obedecen a procedimientos ‘objetivos’. En este caso, la instrumentación de las ficciones bajo la etiqueta ‘literatura colombiana de la violencia’ se traduce en una relevante negociación de modelos de realidad. Las respuestas oscilan desde la identificación en las novelas del paradigma de espacio e identidad nacional hacia la neutralización del mismo y el reconocimiento del modelo de espacio transnacional. Tal dinámica posibilita observar el incremento o decrecimiento de la coerción de los nexos emotivos del lector con los marcos de referencia que mediatizan su visión de lo real. No obstante, esta tendencia no constituye un error o un rasgo negativo y debe comprenderse como circunscrita a la transmisión intergeneracional de la experiencia realista.

            La problemática de cómo se articula la ficción y la realidad, esto es, el realismo literario, es una de las preocupaciones básicas no sólo de escritores, críticos y teóricos, sino también de sociólogos, historiadores, e incluso, filósofos contemporáneos. Sus análisis son expresados a través de manifiestos y artículos de cierta influencia. En ellos se plantean las relaciones entre la narrativa y lo real desde dos concepciones tradicionalmente opuestas entre sí que los investigadores han venido denominando realismos ‘genético’ y ‘formal’. Ambas introducen un desequilibrio al enfocarse exclusivamente en el autor o el texto. La primera orientación está mediatizada por una epistemología positivista y transmite la teoría de la literatura como representación fiel de los referentes extra-textuales. Los estudios programados por la segunda variante, imbricada sobre un paradigma relativista, tienden a reproducir la idea del autor como un creador de mundos. Sus presupuestos superan la creencia del arte como reflejo pero niegan las conexiones del texto con la realidad. Encarar el realismo desde el lector permite encontrar un punto de equilibrio entre las dos concepciones antagónicas (Villanueva 67-78). De acuerdo a esta perspectiva, el principio realista no debe entenderse en cuanto imitación transparente de lo real “sino como factor de inducción ideológica sobre las audiencias a la hora de percibir y comprender la realidad” (61). A través del uso realista de la ficción el lector asume de forma

espontánea y natural… la seriedad de lo escrito en la obra, que aunque ficticio—o incluso fantástico—en su origen se prestaría a una decodificación realista. Esta consistiría en la tarea hermenéutica de dotar de sentido real al texto iluminando su IFR [Internal Field of Reference] inmanente desde el EFR [External Field of Reference] que es tanto como la visión y la interpretación de la realidad múltiple y variopinta de cada uno de los lectores. (Villanueva 114-115)

            La continuidad del tratamiento realista de la ficción, que asombra tanto a los estudiosos, no obedece a ningún misterio metafísico. El término ‘mímesis’ inventado en la antigüedad clásica se entronca con la noción decimonónica ‘realismo’. Ambos coexisten hasta hoy y se transfieren a través de las comunidades de escritores-lectores. Los conceptos del lenguaje funcionan como depósitos que garantizan la transferencia intergeneracional de conocimiento que presuponen estas “experiencias ancestrales” (Elias 1994 50).

            Para inducir la respuesta realista los narradores implementan distintas estrategias o medios estilísticos que configuran “argumentos de autoridad que anclan la ficción en la objetividad externa a ella y aseguran un efecto de realidad” (Villanueva 183): 1) los “fuera de texto”, esto es, la “suma de vacíos” que modelan un “lector implícito”; 2) la producción de un “efecto de precisión referencial” mediante el uso de “nombres propios, históricos o geográficos”, es decir, la introducción de “antropónimos y patronímicos”; 3) la inclusión de “coordenadas espaciales y temporales que producen ‘efecto de realidad’”; 4) el detallismo que afecta “la configuración física y psicológica de los personajes”; 5) los estilos sociales de habla; 6) la construcción de un narrador implícito; y, 7) paratextos tales como el título, epígrafes, citas que introducen la obra, o epílogos (179-191).

 EL USO REALISTA DE LA FICCIÓN. UN CASO: LA VORÁGINE

            La vorágine y otras obras representativas como El gran Burundún-Burundá ha muerto (1952) de Jorge Zalamea (1905-1969), que llamaron pronto la atención de la crítica, articulan varios de estos mecanismos textuales inductores de realismo. Son novelas que aluden al sistema esclavista posterior del colonialismo europeo, el caudillismo o sistemas dictatoriales. Perspectivas sobre la llamada ‘violencia partidista’ también son integradas en las novelas de Osorio Lizarazo (1900-1964), Caballero Calderón (1910-1993), Mejía Vallejo (1923-1998), Álvarez Gardeazábal (1945- ), entre muchos otros. Rivera es uno de los autores que más respuestas críticas han provocado.

            Uno de los procedimientos elegidos por Rivera para generar el efecto de realidad es la inclusión de paratextos. En el prólogo de La Vorágine, por ejemplo, se introduce el viejo juego del manuscrito encontrado. El autor transcribe una supuesta carta dirigida al “Señor Ministro” (Rivera 3), y un “(Fragmento de la carta de Arturo Cova)” (5). También en el epílogo se cita un cable del “Cónsul, dirigido al señor Ministro” (203). El propio Rivera al responder a uno de sus primeros críticos informó de expediciones para rescatar al personaje protagonista (Rueda 2011 26). En La Metamorfosis de su excelencia se utiliza de manera similar un epígrafe que incorpora coordenadas espaciotemporales que favorecen la lectura realista: “se escribió este relato en la ciudad de Bogotá, en los días finales del mes de octubre de 1949, bajo el terror de la época” (Zalamea 66).

            Además de la profusión de marcas espaciales, en La Vorágine se destacan los sociolectos, es decir, los diferentes modos de hablar de las personas que se corresponden con una estratificación social. Ellos aportan un trasfondo verosímil a los personajes: la mujer de clase acomodada que encarna Alicia (Rivera 9); el “cuatrero locuaz” (10-11); el intelectual venido a menos que el autor dibuja a través de Arturo (12); el militar autoritario personificado por Gámez y Roca (12); la “mulata decrépita” (19); “la niña Griselda […] hembra morena y fornida” (19); El “yanero” Fidel (24); el empresario cauchero encarnado por Barrera (28-29); “el mulato correa” (30, 96); “Clarita” la extranjera venezolana (44-50); el campesino de apellido “Zubieta” (54-57); “los vaqueros” (60); “Los indios” (89-90); “Los maipureños” (100-102); el “Cónsul” (135-136); un “mestizo” apodado “El Váquiro” (157-158); el “cauchero” (171); “El Cayeno” (196-198), etc.

            Conectados a los sociolectos se introducen constructos raciales, es decir, estereotipos que estimulan también un fuerte efecto en los lectores: “negra” (Rivera 19); “Mulata” (19, 25, 26); “blanco” (21, 27, 37, 38, 40, 63, 96); “indígena/s” (25, 182); “indios” (26, 37, 64, 79, 83, 85, 87, 88, 97, 176, 197); “Mulato” / “mulato ingenuo” (37, 61, 63, 71, 112, 140, 173); “mulatico” (62); “mulatico ignorante” (96); “zambo” (38); “mestiza” (133), etc. Asimismo, cada uno de los entes fictivos creados por el autor expresa diferentes perspectivas sobre los conflictos por la delimitación de fronteras políticas nacionales.

            Ahora bien, es necesario comprobar que estas marcas referenciales efectivamente inducen en la crítica la lectura realista. Los lectores fluctúan desde la proposición de analogías entre La Vorágine y la idea de nación hacia homologías de la obra con ámbitos transnacionales. La obra, además de constituirse en un repertorio modélico de otras ficciones, ha significado para los críticos tanto un registro que ‘refleja’ realidades sociopolíticas como la novela desencadenante de la llamada ola de ‘narrativa de la Violencia’.

            Luis Eduardo Nieto Caballero, uno de los primeros críticos de Rivera, en 1924 definía La Vorágine “como información, como conocimiento de las regiones que describe y de las costumbres que pinta” (30). El mismo año Guillermo Manrique Terán creía ver en el texto un “viril y violento significado patriótico” (37). Eduardo Castillo, también mediatizado por el modelo de espacio local, señalaba que “La vorágine tiene el mérito no pequeño de ser una novela esencialmente nacional, nuestra” (43). El crítico Antonio Gómez Restrepo en 1925, por su parte, borraba la frontera entre lo fictivo y lo real: “El personaje de Barrera no es una ficción, está tomado de la realidad” (46).

            En 1928 dentro del espacio académico norteamericano se definía la novela como “a realistic picture of slavery, drunkenness and every conceivable kind of cruelty…. The book is more than a mere work of fiction; it is a human document of immense sociological value.” (S. S. 41-42). De igual forma, Eduardo Neale-Silva durante 1939 resaltaba el “documentary character” del texto al que trataba como “a historical record of importance” (316). Julio Caillet-Bois, quien reivindica la aproximación de Neale-Silva, calificaba la obra como la materialización de “la gran novela americana” (Caillet-Bois 122). Por ello, Caillet-Bois suponía indispensable para el estudio del texto “la tarea de confrontar sus datos con la realidad histórica en que se desenvuelve su acción” (Ibid.). Le sorprendía, además, “La veracidad histórica de La Vorágine” la cual alcanzaba “en algunos casos a la anotación puntal y comprobada de las fechas” (123).

            En un artículo de 1976 Seymour Menton, quien también sigue a Neale-Silva, compara las obras de Dante y Virgilio con La Vorágine. El ambiente infernal de la novela de Rivera estaría dado “In realistic and historical terms” (Menton 418). Doce años después J. Walker, al igual que Caillet-Bois, problematizaría las interpretaciones desde referentes geográficos nacionales con el fin de proyectar sobre el texto la idea de espacios transnacionales. Para el crítico la obra significaba “a harrowing document of social denunciation” que desborda “regional and political terms, and raise it to the level of universal art”, y trasciende “the personal and regional dimensions” (Walker 103, 104).

            Juan Loveluck, de modo similar a J. Walker, reconoce en La Vorágine conceptos de espacio translocal como “América hispánica” (XV).  El crítico cataloga la obra de Rivera dentro de la “narrativa Hispanoamericana” o “narrativa ‘superregionalista’ de Hispanoamérica” (XX). La misma analogía con la idea de contexto transnacional es sugerida por Giuseppe Bellini quien presupone que la obra de Rivera es “sencillamente americana, en cuanto expresión genuina del continente… única voz realmente original de América… una de las novelas de mayor relieve de la literatura hispanoamericana” (Bellini 450, 451). El mismo crítico reacciona contra la lectura que realiza el novelista Mario Vargas Llosa (Bellini 467).

            La característica más notoria de este discurso historiográfico que practican Caillet-Bois, J. Walker, Loveluck, o Bellini, se enmarca dentro de lo que Cabo Aseguinolaza denomina una “representación geográfica de la literatura” que evade “la condición normativa y limitadora del concepto de literatura nacional” y que organiza desde “otras cartografías… las entidades literarias” (Cabo 2003 8-9). La insistencia en la espacialidad de los objetos culturales parecer ser “una manifestación clara de la crisis de la temporalidad continua y homogénea de la historia de sesgo más teleológico… de las tradicionales historias de las literaturas nacionales” (Cabo 2004 22). Sin embargo, el ‘giro espacial’ no es tan sólo una moda teórica también es síntoma de que se ha incrementado la curiosidad por determinar cómo la narrativa enuncia el espacio social, ideológico o cultural. No pocos enfoques dan por hecho que es lo geográfico el principio generador de lo literario (2004 39).

            Loveluck también busca el significado de La Vorágine en los datos biográficos del autor. Y, con el fin de descubrir la intención del escritor, el crítico reconstruye las pistas de las personas aparentemente contactadas o entrevistadas por Rivera. Asimismo, Loveluck compila pruebas tanto de las incursiones del autor en la zona donde ocurrió la explotación de los pueblos originarios llevada a cabo por los colonos como de su involucramiento en los problemas limítrofes entre los países que compartían la selva amazónica. Esta información es tomada por Loveluck como una prueba de que la novela se origina en hechos reales que le aportan a la misma un “valor histórico-social” (Loveluck XXVIII). Al tomar los entes fictivos por seres reales el crítico se desliza igualmente hacia un realismo genético: “En América Hispánica fuente generosa de lo real maravilloso, los personajes caminan… en busca de autor, esperando que éste se haga cargo de ellos y los retrate de cuerpo entero” (XXII). Similar efecto causa en el investigador el personaje de la madona Zoraida Ayram: “En la vida real se llamaba Narcisa o Nazira Saba…, y era tan mujer de carne y hueso, que su figura aparece en otros libros” (XXV). Para Loveluck el texto tiene un “valor denunciatorio, documental” y encarna un “violento ‘yo acuso’” (XVII, XXVIII, XLII). El crítico, inclusive, confirma la incidencia de la obra sobre su propia experiencia de realidad: “no es un documento, a secas, sino un documento y una obra de arte, en que ha desaparecido la quietud apolínea, para dar paso a las fuerzas tremendas que nos mueven y ordenan” (XXVIII).

            La interpretación de Cristina Barros Stivalet también está programada por el realismo genético: “Rivera olvida por un momento su carácter de novelista para relatarnos con la fidelidad de un antropólogo las costumbres de estos grupos que habitan en las orillas del Vichada” (Barros Stivalet XIII). Por su parte, Álvaro Pineda Botero a finales del siglo XX proyecta la idea de nación sobre el texto de Rivera y otras obras producidas antes de la invención del espacio sociopolítico colombiano: “En este trabajo analizo novelas colombianas escritas y/o publicadas entre 1650 y 1931.… Cada obra la mido con el metro de la novela colombiana, no con el de la francesa, inglesa o norteamericana” (Pineda Botero 1999 20). A mediados del siglo XXI, al igual que Walker, Loveluck y Bellini, el mismo crítico paradójicamente instrumenta La Vorágine como una reivindicación no ya un ámbito nacional sino transnacional: “La vorágine… se desarrolla en la selva amazónica, pero comporta un multiculturalismo y un cosmopolitismo destacables” un “modernismo cosmopolita” (Pineda Botero 2006 47, 70).

            Durante el siglo XXI ha continuado la tendencia a considerar la novela de Rivera un documento histórico y antropológico. Es el caso de Carlos Páramo quien señala que La Vorágine “puede incluirse en el caudal fundador de las obras literarias que hicieron de pilotes para la antropología latinoamericana” (Páramo 35). De acuerdo a Páramo, el texto “detenta el agudo sentido de un etnógrafo en los orígenes de la disciplina” (Páramo 35). Por otro lado, en su decodificación Fabio Gómez reemplaza el paradigma de nación por el etnográfico. El autor problematiza las interpretaciones que han “destacado la presencia de arquetipos míticos griegos y cristianos” y soslayado “la presencia de estructuras míticas amerindias” (Gómez 243). El relato de Mapiripana reproducido en la novela de Rivera induce al crítico a realizar “una lectura de las relaciones de transculturación y de transtextualidad entre universos disímiles y distantes que entran en confrontación… como son el universo indígena americano en general y amazónico en particular… y el mundo aparentemente sobrio, racional y lógico de la sociedad occidental dominante” (245). Además, Gómez instrumenta la obra para reivindicar otros grupos sociales y visibilizar las tradiciones orales y escritas de los habitantes originarios: “el análisis de este relato mítico o folclórico y el lugar predominante que le asignamos en la obra, nos sirve también para ampliar y desarrollar una reflexión más general sobre la presencia, imagen y representación de lo indígena en la literatura y en la sociedad colombianas” (245).

 EMERGENCIA DE LA ETIQUETA ‘LITERATURA COLOMBIANA DE LA VIOLENCIA’

            El término ‘Violencia’ aplicado al conflicto de explotación de los pueblos originarios del Amazonas y de otros grupos en procesos de producción masiva como la bonanza cauchera de finales del siglo XIX y comienzos del XX, se proyectará sucesivamente en las propuestas de canon literario y será usado para denominar la literatura de otros períodos. Loveluck es uno de los primeros investigadores en proponer que la “La Vorágine inaugura la ‘novela de la violencia’ en Colombia y en América hispánica” (XXXVII). La idea resurgiría durante los conflictos de la década de los años cuarenta del siglo XX y sería presentada por los críticos literarios como prueba empírica de la singularidad de la literatura colombiana.

            ¿Pero cómo surge este concepto con el cual se pretende describir la conflictiva realidad colombiana y de qué forma se convirtió en una etiqueta literaria? La historiografía tradicional reconoce la ‘prehistoria’ de los conflictos colombianos en las múltiples guerras civiles decimonónicas. Los historiadores proponen segmentar esos acontecimientos en tres fases encadenadas. La primera etapa de conflictos se habría extendido desde 1946 hasta 1965 y es conocida con el término ‘La Violencia’ en mayúsculas. Se consideraron hitos de ese período el asesinato en la capital del país del entonces candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán (1903-1948). Ocurrido el 9 de abril de 1948, este crimen dio origen a una ola de violencia conocida como ‘El Bogotazo’ y el exterminio sistemático durante casi veinte años de 200.000 a 300.000 personas aproximadamente (Fisher 264). La segunda fase de 1958 a 1974 fue llamada el ‘Frente Nacional’ y estuvo marcada por los enfrentamientos entre el Estado y la guerrilla. En 1974 comenzaría una nueva etapa de conflictos originados en el narcotráfico que duraría hasta 1991 y alcanzaría una tasa de 70 homicidios por cada 100.000 habitantes. Además de las miles de víctimas entre las que se contaron centenares de intelectuales y políticos, fueron asesinados dos candidatos presidenciales más: Luis Carlos Galán (1943-1989) y Carlos Pizarro Leongómez (1951-1990). Finalmente, la fase de conflictos que se experimenta en la actualidad se habría iniciado durante la última década del siglo XX. Son enfrentamientos armados que involucran al Estado, al narcotráfico, a la guerrilla, al paramilitarismo y a la delincuencia organizada (Bello Montes 75-79).

            El término ‘La Violencia’ fue transmitido durante los años cincuenta del siglo XX a través de la radio, periódicos, o tribunas públicas. Se transfirió desde los círculos de funcionarios del gobierno hacia espacios intelectuales y desde éstos hasta la charla cotidiana. Al convertirse rápidamente en objeto de comunicación de la élite política, el concepto terminó cosificándose entre las personas humildes. Con la idea se hacía referencia a una entidad transindividual causante de los conflictos. Trazas del término perviven en las nociones ‘violencia política’ o ‘violencia bipartidista’ que todavía difunden los medios masivos hoy y algunos sectores académicos.

            La recepción crítica desde mediados del siglo XX reprodujo el concepto como una nueva denominación para las novelas que se referían explícita o implícitamente a esos acontecimientos. La idea fue asimilada como una descripción transparente de la realidad objetiva. Sin cuestionarse, el término se integró al canon que recogía la llamada literatura ‘autóctona’. Así, el discurso político interfirió en el discurso historiográfico, sociológico y crítico que popularizó el concepto a través de la etiqueta ‘literatura colombiana de la violencia’.

            Sociólogos e historiadores seguidos por novelistas y críticos problematizarían la noción a finales del siglo XX. Según ellos el término evidenciaría el proceso de “anomización de las relaciones sociales” y no sería una “denominación inocente” sino que serviría para los propósitos de oscurecimiento “de las estrategias de violencia que una parte de estas élites promovió sistemáticamente” (Pécaut 552-553). El concepto ‘La Violencia’ habría fijado en los grupos sociales de ésa época una impresión de magnitud inabarcable, inexplicable y “omnipresente” (Pécaut 638). De acuerdo a Gonzalo Sánchez, la noción se convirtió en un “gran sujeto histórico” que trascendía a los actores del conflicto y posibilitaba “despersonalizar las responsabilidades” (19). Al igual que Bello Montes, Sánchez conecta ese período de ‘La Violencia’ con los conflictos del siglo XXI, esto es, una tercera etapa de guerra “cuyo desenlace es todavía incierto” (Sánchez 19).

            La historiografía literaria propuso una clasificación de las obras dividida en tres momentos homólogos a las fases sugeridas por la historiografía sociopolítica nacional para segmentar los conflictos. En el primero, bajo la etiqueta ‘literatura de la violencia’, se incluyeron las obras publicadas desde el año 1948 cuyo contenido cita acontecimientos del Bogotazo y los enfrentamientos entre el Estado y la guerrilla. Seguiría un segundo momento desde la década del cuarenta hasta el sesenta del siglo XX con los comienzos del tráfico de estupefacientes. El tercer período iniciaría en 1960 y se extendería al presente con textos que incluyen a los nuevos actores del conflicto: el paramilitarismo y el narcotráfico. Escritores y críticos buscaron el reflejo de estos acontecimientos en las novelas para catalogarlas a partir de su coincidencia con las fases de violencia y como prueba de una ‘memoria del horror’ e indagación ‘profunda’ de los hechos que los textos lograban.

            Las reflexiones entre novelistas y críticos sobre la relación narrativa y conflicto imbricadas en el ‘realismo genético’ continúan a lo largo del siglo XX. Está concepción programa, por ejemplo, la tesis de grado de Gustavo Álvarez Gardeazábal presentada en 1970. “Niveles de realidad en la literatura de la ‘Violencia’ colombiana” de Laura Restrepo recoge, seis años después, las mismas ideas de Álvarez Gardeazábal. La teoría del reflejo también mediatiza la lectura de Bodgan Piotrowsky: “Nos interesa analizar las manifestaciones de violencia que se proyectan en la cultura de la Colombia de hoy y cómo se reflejan en la narrativa. [… ] la literatura colombiana es testimonio de la realidad nacional” (170, 184). La concepción genética se transfiere, a su vez, en las investigaciones de Augusto Escobar Mesa (1996). A mediados del siglo XXI, Cristo Rafael Figueroa Sánchez y Óscar Osorio reintroducen esta tendencia de la crítica del siglo pasado. Osorio, aunque cuestiona la periodización tríadica y propone clasificar las novelas bajo un índice de cuatro categorías, aplica de forma similar la etiqueta:

para el estudio de la narrativa de la Violencia en Colombia: 1. El hecho histórico prima sobre el hecho literario.… 2. …distanciamiento del hecho histórico… y una mayor búsqueda literaria.… 3. El hecho literario se impone sobre el hecho histórico.… 4. …equilibrio entre lo literario y lo histórico. Novelas con grandes virtudes literarias y con gran valor documental, que vuelven directamente sobre el fenómeno histórico y sus expresiones cruentas, pero desde una concepción estética. (Osorio 104-106)

            Por el contrario, las investigaciones de María Helena Rueda se imbrican sobre el ‘realismo formal’ e indagan no ya cómo la narrativa refleja lo real sino cómo la literatura configura “un ‘estado de violencia’” (2001 25). Recientemente la autora, aunque problematiza los acercamientos de tipo antropológico, hace una decodificación realista desde la cual propone “que la narrativa literaria o testimonial sobre hechos de violencia recrea… esa instancia donde se define lo que constituye una acción ética” (2011 20).

LA RELEVANCIA DE LA RECEPCIÓN CRÍTICA  

            Se puede concluir que aún la crítica más perspicaz, es decir, consciente de la mediación ideológica del texto da paso a homologías entre la ficción y lo real. Los criterios que orientan sus reflexiones acerca de la relación entre la narrativa y la realidad sociopolítica colombiana reproducen la concepción del ‘realismo genético’. Desde luego, tras esta caracterización no se esconde un ánimo peyorativo ni se pretende rechazar como un ‘error’ la actividad crítica.

            Insistentemente la vivencia del individuo con su estructura social, la cual se experimenta como una ‘coerción emotiva’ (Elias 1982 166), es proyectada sobre las obras literarias. Las lecturas mediatizadas por la experiencia del espacio como algo local opuesto a lo translocal surgen simultáneamente. Los lazos emocionales que unen al crítico, por ejemplo, con lo local se perciben en el cariz reivindicativo de ese ámbito que él asume al aplicar la etiqueta ‘novela colombiana de La Violencia’. La idea es tomada como una descripción ‘objetiva’ que da cuenta de la peculiaridad de aquello que los lectores denominan ‘nuestra’ literatura. El primer resultado de este uso es la pervivencia de un canon literario que favorece la cohesión de la estructura social.

            La mayoría de críticos literarios, asimismo, pretenden fijar el significado o desentrañar el sentido último de los textos a través de la identificación en las obras de la realidad del escritor o el desvelamiento de su intencionalidad. El reconocimiento de sucesos históricos, fechas y antropónimos provenientes del contexto real, sumados a los avatares biográficos del autor, suelen ser esgrimidos como pruebas del hallazgo de la tesis o el propósito que, supuestamente, él manifiesta en su obra.

            Roger D. Sell se vincula a esa tendencia al acuñar los conceptos “Mediating criticism” y “Talent-scouting mediation” para definir que la búsqueda de la intención autoral es una de las funciones centrales de la recepción crítica. Con la primera idea Sell ilustra la capacidad del crítico para establecer puentes entre autores y lectores. A través de la segunda noción, resalta la habilidad que tiene el crítico como un orientador de los receptores para “understand new or unusual writers” (Sell 291). Al caracterizar los críticos como agentes que sirven de conexión entre narradores y receptores, Sell brinda una imagen reduccionista de la comunicación literaria. Más que transferir datos biográficos, dilucidar la intención de los escritores, o descubrir el significado oculto de las obras a otros lectores, las comunidades académicas dan paso a una relevante transacción de paradigmas inducida por el principio realista. Es decir, al instrumentar las novelas la crítica literaria entra en un complejo juego de acción, reacción, y trascendencia de prejuicios cosmovisionarios. De esta manera, los receptores fungen como un espacio de intersección entre los mundos textuales y las realidades fácticas e ideológicas. Al integrar ambos órdenes, las respuestas críticas evalúan los modelos y los marcos teóricos de referencia y nutren tanto el quehacer novelístico como el mismo discurso académico.

            A través del análisis de la interacción texto-lector se comprueba que la crítica contemporánea posibilita la transferencia intergeneracional del realismo literario, práctica que enriquece los procesos de configuración epistémica. Cómo la ficción incide sobre las concepciones de realidad de los lectores, desafortunadamente, es una problemática que no ha sido atendida con suficiencia. He ahí la necesidad de nuevos abordajes a la pragmática de la  lectura realista.

Dagoberto Cáceres-Aguilar
Western University
TRABAJOS CITADOS

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